¡Así da gusto alojarse!

Nuestro apartamento, Regalia Residence, era una maravilla en todos los sentidos. Era muy espacioso, más para nosotros que estamos acostumbrados a hospedarnos en lugares pequeñitos.

 

La cocina, que compartía espacio con el comedor y la salita de estar, era un solo habitáculo pero, como digo, suficientemente grande para sentirnos con mucho espacio. El aspecto que tenía era como si fuera un loft, pero con la excepción de tener la cama separada del resto, en una habitación a parte.

 

Contaba con una cocina con todos los utensilios necesarios para poder hacer todo tipo de comiditas deliciosas que, más tarde, utilizaríamos sobre todo para cenas y desayunos. Al medio día comeríamos fuera, en restaurantes y puestecitos callejeros, según por la zona que nos fuéramos moviendo.

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El dormitorio tenía una cama espectacular. Aquello era mínimo king size plus extra. ¡Qué grande y alta! Iba haciendo mis propias bromas diciendo: “como me caiga de aquí, me llevan al hospital fijo”.

 

Y las vistas, tanto del dormitorio como del resto, eran simplemente maravillosas.  Nada más llegar al apartamento, después de que la anfitriona nos hubiera explicado todo y nos hubiera dado las llaves, lo primero que fui a hacer fue descorrer las cortinas para ver qué vistas nos tenían deparadas. Y ooooh, dios… ¿En serio que podría disfrutar de todo aquello? Rascacielos. Todo el skyline de Kuala Lumpur delante mío. Todo para mí. Ya fuera de día o de noche, podría estar contemplando aquellas vistas tan increíbles. Me sentía como si estuviera en Nueva York.

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Quise mirar también el baño, para ver cómo era. ¡Otra sorpresa para bien! Muy espacioso. Y con una ducha que, allí, podrían entrar tranquilamente tres personas y hasta una cuarta. Qué maravilla…

 

Lo malo de este alojamiento eran los bichines. Sí, habían bichitos por casi todas las estancias de la casa (aunque por suerte, no vi ninguno en el dormitorio). Habían hormiguitas y un tipo de pequeñísimas y enanas cucarachitas que, os puedo asegurar que a mí me dan pánico absoluto, pero aquello era tan diminuto que las veía hasta monas.

 

Toda la casa estaba absolutamente limpia, debo decir. “Y entonces, ¿esos bichos?”; me preguntaréis vosotros. Tiene una respuesta muy fácil. Para ellos el significado de limpieza no es la misma que nosotros. Ellos quizás lo vean como algo “normal” en sus vidas. Quizás nos ven a nosotros con perros en casa, subiéndose a nuestro sofá, a nuestras camas, etc. y piensan: “pero qué sucios son. Qué asco…”.  Pero es nuestra cultura. Lo vemos normalizado. Pues lo mismo ellos. Esa es mi forma de ver las cosas, cuando viajo. Es cuestión de intentar adaptarnos al máximo a sus costumbres y a la forma de vida que ellos tienen.

 

Siguiendo con el apartamento, este no se quedaba simplemente en el interior de donde viviríamos, sino que tenía una basta y extensa parte exterior. Sabíamos que tenía piscina en la azotea, en el piso 34 ni más ni menos (¡ofú!). Así que nada más inspeccionar el apartamento, nos fuimos corriendo a descubrir esa otra parte.

 

Cogemos nuestro ascensor -y digo “nuestro” porque habían otros tantos para coger, según el bloque en el que vivieras- y utilizamos la parte magnética de las llaves para que este empiece a funcionar. Le damos al piso 34 y notamos que el ascensor empieza a subir pero… se queda parado.

 

Eso de quedarme en un ascensor atrapada me da bastante pánico. Siempre he pensado (tonterías mías, lo sé) que me voy a quedar sin oxígeno en ese cubículo metálico y que moriré ahogada. Pero increíblemente, estaba tranquila. Gracias en parte a que ese ascensor era enorme. ¿Sabéis los de los hospitales, que son muy grandes para que la camilla pueda entrar sin problemas? Pues era así.

 

Empezamos a picar a otros pisos y nada… que el bendito ascensor no se movía. Ni pasándole la parte magnética ni rezando a Buda para que eso se moviera. Empiezo a ponerme, ahora sí, nerviosa. Hasta que el puro miedo va subiendo y le doy al botón de “emergencias”. Sale una vocecita en inglés. Y ahí sí que me entra mi pánico habitual. Me dirijo a esa voz soltándole un: “please, help me, the elevator is broken” (yo siempre con mi buen inglés xD  (ironía ON).

 

Me dice una parrafada en inglés de la cual, yo solo entiendo el número 6.  Le digo rápidamente a él que le pique ahí. Para mí gran alegría (y la de mis pulmones, que estaban cogiendo aire con demasiado ritmo) noto cómo ese gran cubículo metálico se mueve. ¡Y va bajando! Llegamos a la planta baja y me faltan piernas para salir de ahí.

 

Le enviamos un whatssap a la anfitriona, preguntándole cómo se puede acceder a ese piso. Porque no os lo perdáis pero… pese al miedo que pasé, lo volvimos a intentar a los pocos minutos, y con el mismo resultado. Esa vez incluso se subió con nosotros un chico al cual, le pasaba lo mismo que nosotros. No tenía ni idea de que ese ascensor no era el adecuado para acceder a la piscina. Tendríais que haber visto la cara que puso, cuando se quedó bloqueado. Seguramente la misma que la mía. Aunque esa vez ya conocíamos el truco del número 6 y salimos rápido de allí.

 

La dueña del apartamento nos cuenta que hay diferentes ascensores y solo uno accede a la piscina infinity. Sabiendo ese dato, probamos una tercera vez, a ver si por fin los ascensores se portan bien y nos llevan al lugar indicado.

 

Subimos a otro gran coloso mecánico. Le damos al número 34. Pasamos la banda magnética. Empieza a subir.

 

Esta vez estaba más tranquila al ver que subían nuevamente más personas con nosotros. Siempre me ha ocurrido que, si estoy rodeada de más personas, estoy más tranquila frente a los “inconvenientes”.

 

El ascensor se porta bien y nos lleva al piso correcto. Lo más curioso es que es salir de allí, acceder a la parte derecha, y encontrarnos con un pasillito curvo en la parte izquierda y, delante, un restaurante que, si aquello no era de 5 tenedores y 4 estrellas michelín, no era nada. ¡Qué elegancia! ¡Qué bonito! Seguro que era carísimo…

 

Hacemos caso de las indicaciones y subimos a la piscina. Vemos que hay un conserje para que ahí no se cuele cualquier persona. Debes dar tu nombre y el piso donde te alojas. Me gusta que haya ese tipo de seguridad, más cuando te sonríen de esa forma y son tan majos (aquí ya empezaba a ver el carácter tan bonito y agradable de los malayos).

 

Entramos y… madre del amor hermoso (y mil asombros más). ¡¿Pero qué era aquello?! ¿Me había equivocado de alojamiento y estaba en un 5 estrellas de lujo? La piscina era una maravilla… Pero lo que sin duda era una magnifiscencia (palabro mío cuando quiero referirme a algo que es muy, muy increíble) eran las vistas. Tenías delante tuyo todo el skyline de Kuala Lumpur. Y muy cerca. Daba la sensación de que si pudieras volar, con cuatro aleteos llegarías sin problemas.

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Nos ponemos a recorrer la zona, que pequeña no era, y vemos que además de tumbonas, tiene una zona chill out (le faltaba la música, eso sí) con sillones, sofás…  ¡Si hasta había una barra de bar con sus pequeños neones puestos! Qué gran maravilla…

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Nos tumbamos en las hamacas, con unas vistas de las Petronas inmejorables. Da la sensación de que las puedes coger con tus manos. Si fuera por mí, me quedaría ahí horas y horas. Qué placer, qué paz. Estaba en el cielo… (casi literal, además).

 

 

 

 

 

 

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Llegada a Kuala Lumpur

Bajamos del avión. El vuelo no se me había hecho nada pesado, ¡todo lo contrario! Hasta diría que me divertí en él. Y es que cuando viajas ves de todo, y sino que me lo digan a mí y al Dementor de Harry Potter que tenía al lado. ¡Qué risas pasé con él!

 

También me gustó explorar el lavabo de Qatar Airways. Nunca hubiera dicho que tenían hasta su propio perfume ahí, a disposición de los pasajeros. O que mientras tú hacías tus cositas, podías estar viéndote de cuerpo entero. Sin mencionar la ventanita que quedaba justo detrás y que, en caso de aburrimiento (o estreñimiento xD ) pudieras entretenerte con esas vistas aéreas.

 

Películas no vería, pero como veis, falta no me hacía. Me entretengo muy bien yo solita, entre unas cosas y otras.

 

Dicho esto, volvamos a donde nos hemos quedado: el momento en el que bajamos del avión.

 

Pese a que el sol está todavía bien presente, no notamos su calor, ya que accedimos al aeropuerto mediante una pasarela de acceso a aeronaves. Muy divertida la anécdota en la que, mientras me despedía de los azafatos de vuelo, al verme con Patch, mencionan lo bonito que es. Lo curioso es que no serían los últimos que hacían referencia al peluche. Y como no, yo felicísima ^^  Pues como recordaréis, Patch es mi compañero de viajes.

 

Nos dirigimos a la cinta de recogida de equipaje. Si todo va bien y no nos lo han perdido, allí debería aparecer mi maleta rosa junto a la enorme mochila.

 

La veo desde lejos y, ¡para no hacerlo! Es de un color rosa que, os aseguro, no pasaría desapercibida en ningún lado. La cinta está parada, pero yo me espero igualmente. Hasta que veo que eso no tira… ¿tendré que ir a recogerla yo? Allá que voy y allá que me quedo parada nuevamente. Y es que, cuando hago el gesto de dar mi primer paso, la cinta empieza a moverse.

 

¡Perfecto! Los dos equipajes están con nosotros, así que es hora de coger un bus que nos lleve a Kuala Lumpur ciudad.

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Se pueden elegir tres tipos de transporte: taxi, tren o bus. Como lo más económico era este último, ya que por 4,30 euros (20 RM) te llevaban a la ciudad, no nos lo pensamos y para allá que vamos.

 

Fue fácil llegar. Tan solo tuvimos que bajar a la planta baja y allí ya nos encontramos a trabajadores que nos preguntaron si queríamos un bus hacia Kuala Lumpur. Nuestra respuesta fue afirmativa, así que nos acompañaron al transporte.

 

Cogimos los pocos asientos que habían libres, cada uno en una punta del autobús. El mío era de risa, ya que pese a que mi asiento era correcto, justo el de al lado estaba roto de tal manera, que el respaldo se iba hacia adelante, haciendo imposible poder sentarse en él. Lo bueno es que tenía sitio para dejar la mochila y a Patch.

 

El recorrido fue muy ameno. Fueron unos 60 km. en los cuales yo no quitaba ojo al paisaje. Aunque no todo fue bonito… había zonas que me entristecieron muchísimo por la deforestación. Se podía ver perfectamente cómo había selva detrás y, delante, todo talado para hacer a saber qué (seguramente plantación de palma).

 

Durante el vuelo ya había visto todas las zonas que habían quitado a la selva -y a los animales- para poder hacer cultivos de esa planta.  Y durante el trayecto, lo estaba volviendo a ver, aunque en este caso, con zonas totalmente despobladas de vegetación. Una verdadera pena…

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Llegamos a la ciudad, la cual me pareció muy bonita. No faltaban zonas verdes, pues aunque en Malasia hace muchísimo calor y uno puede pensar que así, ninguna planta viviría (estaría todo seco), también llueve muchísimo. Es más, por las noches, rarísimo es el día que no hay tormenta con lluvias bien fuertes. De ese modo, Madre Naturaleza se asegura de que todas las plantas puedan crecer.

 

También la arquitectura de ciertas zonas de Kuala Lumpur me enamoraron, como el barrio Indio. ¡Cuántos colores! ¡Cuántas formas diferentes en sus fachadas! Me dieron muchas ganas de bajarme del bus y ponerme a descubrirlo.

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El bus llegó a su destino. De ahí teníamos que coger un metro para que nos llevara a casa. El sol empezaba a esconderse, dejando paso a la luna. En el fondo, yo lo agradecía, pues ya estaba empezando a notar el calor típico de Malasia. La mejor forma de describirlo es: ¿sabéis cuando alguien está dándose un baño de agua muy caliente y entras en él, que te viene una bofetada de aire caliente casi irrespirable? Eso es Malasia. Tal cual.

 

Del metro a casa, fue muy divertido. Veíamos perfectamente nuestro edificio, que era altísimo, pero no sabíamos cómo llegar a él. Había diferentes niveles, y os prometo que no veíamos forma de llegar si no era pasando por un edificio que estaba al lado.

 

Preguntamos al conserje, y él muy simpático y sonriente en todo momento, nos indicó cómo llegar. Teníamos que bajar por unas escaleras que, eso ni se le podía llamar así. Digamos que eran cuatro piedras mal puestas en forma de escalones, colocadas en una pendiente de tierra. Nunca hubiéramos imaginado que se llegaría por ahí.

 

Efectivamente, era nuestro camino y llegamos a casa sin problemas. La dueña del apartamento de Airbnb nos recibió al momento. Nos enseñó la casa y esas maravillosas vistas. Desde el comedor y, más increíble aún, desde el dormitorio, podíamos ver todo el skyline de Kuala Lumpur. Pero la casa será para el siguiente post 😉  ¡No os lo perdáis!

 

Se había hecho de noche, pero nosotros no teníamos ganas de quedarnos en casa; así que salimos a inspeccionar un poco los alrededores. ¡Y qué bien que lo hicimos! Nos encontramos con un altar chino, justo al lado de las escaleras mencionadas anteriormente. Había una chica encendiendo incienso. Me hubiera encantado saber qué representaba, por qué lo hacía. Pero con mi buen inglés (sarcasmo) y mi timidez, no lo hice.

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Siguiendo con la exploración de nuestro entorno, nos encontramos el suelo de unos grandes almacenes que, os aseguro, no olvidaré jamás. ¡Era de purpurina! Precioso aquello. Cada vez que te movías o que dabas un paso, todo el suelo brillaba con mil lucecitas. Me dieron ganas de traerme un pedacito para España.

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Entramos dentro de los grandes almacenes, viendo ciertas tiendas que nos impactaron mucho, como una tienda de merchandising de Marvel y DC Comics que, además, ofrecían comida y postres basados en los personajes. Una monería y toda una locura para los amantes de estas dos compañías de cómics. Sin olvidar esas figuras tamaño XXXXL de Iron Man y Batman. ¡Cómo imponían!

 

Decidimos que ya era hora de volver, pues a la mañana siguiente queríamos despertarnos pronto para aprovechar al máximo nuestro tiempo en la ciudad.

¡Este aeropuerto es interminable!

Desde nuestra ciudad, cogimos un bus que nos llevaría directos al Aeropuerto de Barcelona. Como siempre en nuestros viajes, siempre teníamos ese miedo de: “¿vendrá el autobús? ¿Se retrasará?”.

 

No nos pudimos quejar, ya que vino bastante puntual. Así que metimos la mochila de él y mi maleta rosa en el enorme maletero, y quisimos aprovechar esas tres horas para echarnos una cabezadita.

 

O eso queríamos nosotros… ya que era tal la forma de conducir que tenía, que aquello era imposible. Daba unos volantazos, unas frenadas… Hubiera sido más o menos entretenido si no hubiera sido las 3 de la mañana y tuviera un sueño y un cansancio enormes.

 

Al fin llegamos al aeropuerto. Por delante teníamos varias horas de espera hasta que saliera nuestro vuelo. De modo que elegimos unos asientos, dejamos todo nuestro equipaje y a esperar. Era una pena que las tiendas a esas horas no estuvieran abiertas… pues para mí siempre es un entretenimiento extra.

 

Llega la hora de hacer el check-in. Facturamos la maleta rosa y la enorme mochila. Todo perfecto, entra dentro de los kilos permitidos e incluso, nos sobra. ¡Es perfecto! Así nos podremos traer recuerdos de Malasia y Singapur.

 

Toca pasar por el control de seguridad. Todo perfecto nuevamente. La cosa va bastante rápida. No nos ponen pegas por llevar alimentos en el bolso: snacks varios, algún que otro dulce (¡no puedo volar sin mis M&M’s!). Aunque recordad que, los líquidos están totalmente prohibidos (agua, refrescos… incluso un bote de nata de spray, una vez en un vuelo, me la hicieron tirar. Nata vegana además… jamás la pude probar sniff sniff).

 

Subimos al avión y lo encontramos bastante espacioso, con las típicas filas en medio y en los laterales. Siempre pienso en cómo no se pueden aburrir los que les tocan las filas medias; sin una pequeña ventana en la que poder mirar de vez en cuando…

 

Empiezo a acomodarme. Busco mi libro para no aburrirme durante el trayecto, y es que nos quedan 7 horas y media por delante; que se pasan pronto si piensas que en otros vuelos has estado 13 horas sin parar. Pero aún así, las ves eternas.

 

Mi suerte es que en los aviones me entra sueño, y si a eso le sumamos que venía de casa sin dormir ni un poquitín, el resultado ya os lo podéis imaginar: como una marmota. Solo me desperté a comer (la comida riquísima por cierto) y nuevamente, a echarme otra cabezadita. ¡Qué gusto!

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Llegamos al aeropuerto de Doha, el “Hamad Airport”. Dios mío… ¡Aquello no podía ser más grande! Nos tiramos un buen rato corriendo como unos locos porque, supuestamente, íbamos con el tiempo justos (incluso con retraso) para coger el siguiente vuelo. Era de la misma compañía, pero siempre nos da cosa de que se vaya sin nosotros xD

 

Aquello era interminable… Mira que habían rampas eléctricas para que pudieras ir más rápido o para que te cansaras menos, pero no servían ni para una cosa ni para la otra. Íbamos con la lengua fuera; todo para luego enterarnos, ¡de que nos quedaba una hora de espera! El vuelo se había retrasado. Por una parte mi yo positivo decía: “¡Bien! Así puedes descansar y recuperarte”; mi otro yo, en cambio, no paraba de maldecir a todas esas compañías aéreas.

 

El siguiente viaje de Doha hasta Kuala Lumpur fue perfecto. Ahí ya no tenía ganas de dormir, ya había recuperado todo mi sueño. Por eso mismo me puse a investigar cómo funcionaba la pantallita que tenía delante. Muchas pelis, juegos, series, documentales, música… estaban ahí, delante mío, para que yo hiciese uso de ello. Elegí una peli, pero como es típico de mí, no la acabé de ver. Y es que por mucho que puedas subir el brillo de la pantalla, nunca se ve bien. ¿No os pasa? ¿O es cosa mía?

 

Al cabo de 7 horas aterrizamos. Increíblemente, ni en Doha ni estando en Malasia los oídos me habían hecho daño. ¿Qué truco utilicé? Bostezos. Bostezar todo el rato. ¡No falla! Lo estuve aplicando a todos los vuelos que realizaría más tarde, a lo largo de todo el viaje, y os aseguro que no tuve taponamiento ninguno. Estaba salvada.

 

 

 

 

Nuevo viaje: Malasia, Borneo y Singapur

Estábamos cansados de tanta ciudad. Hasta ahora, todos nuestros viajes -exceptuando el de Selva Negra en Alemania- habían sido de ciudad. Así que queríamos ver nuevos paisajes, vivir nuevas experiencias, estar más en contacto con la naturaleza.

 

En nuestras mentes vino Malasia junto a Borneo, añadiendo Singapur. Allí encontraríamos lo que andábamos buscando: parajes naturales, animales de todo tipo, playas de película y ciudades. ¡No vaya a ser que las eche de menos! 😉

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Este viaje además, sería todo un reto para nosotros. Y es que debíamos llevar el equipaje para todo un mes repartido entre una mochila y una maleta: mochila para él, de esas enormes.  Y maleta para mí, que en China ya tuve la experiencia de ser mochilera y… nanai. Una y no más.

 

Lo malo era que en este viaje tendríamos que llevar utensilios y ropa para la selva, para la paya, para la ciudad… Y repito, ¡en una sola maleta! La empezamos a hacer un mes antes. Literalmente. Yo no me fiaba de dejarla para cuando quedara una semana. Y es que siempre te dejas algo y caes en ello cuando ya estás en el destino. De este modo, me acordaría en España y lo podría echar in situ.

 

Mi maleta era de risa… Había más “utensilios” que ropa. ¿Eso era cierto? ¡Yo que para un viaje de cinco días echaba diez prendas de vestir! Pero esta vez estaba bien mentalizada. Dejaría mi ropa “monina” para otro viaje. Este sería de “selvática salvaje”. Así que con dos vestidos echados más el que llevaba puesto, cerré la maleta y me despedí.

 

La idea que teníamos era ir lavando las prendas conforme estábamos en los lugares. Cada noche haríamos una colada con, no os lo perdáis… jabón de mano. A la vieja usanza. Nada de lavadoras. Sino como antes se hacía.

 

Lo mismo con la ropa interior. En ese caso, llevaba 6 piezas que iría lavando durante todo el viaje. Y calcetines, cuatro pares. Había que llevar poquita cosa. Que entre el kit de primeros auxilios, repelente de mosquitos, linternas, prismáticos, sacos de dormir, y un largo etcétera más, lo que menos priorizaba eran las prendas de ropa.

 

¡Y por fin llegó el día! Yo estaba con unas ganitas locas de ver todo aquello. Eso sí, no os creáis que no llevaba mis miedos por dentro… Primero, los bichos. Soy gran amante de los animales y no muy miedica con los insectos. Pero no puedo con los “bicho palo de Borneo”. Era ver uno en el ordenador y, os prometo que se me saltaban las lágrimas del propio terror.

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El otro miedo que tenía era por los vuelos internos. Teníamos que realizar como unos 12. Sí, habéis leído bien. ¡12 vuelos internos en 30 días! Hay que pensar que en algunos de ellos llegábamos a coger dos vuelos distintos en un mismo día. Pero no me adelantaré a los acontecimientos ^^

 

No me da miedo volar. Es más, me encanta y lo disfruto un montón. Me relaja tanto que me quedo dormida, literalmente. Lo que no me gustan de ellos es el dolor de oídos que me producen (o me producían). Un dolor tan insoportable que hacía que mis lágrimas salieran sin parar. Y no creáis que a mí se me destapan al momento o al cabo de unas horas… Qué va. ¡Me ha llegado a durar hasta días! Horrible…

 

Aun así, estaba deseandito pisar la selva, dormir entre su follaje y poder ver a todos esos bichitos que, anteriormente al viaje, había buscando e indagado sobre ellos, tanto y tanto ^^

Despedida con Harry Potter

Y llegó nuestro último día. Todavía nos quedaban museos por visitar, barrios por ver, parques por descubrir…  Y es que Londres es tan extenso y hay tanto por ver, que ni un viaje, ni dos, ni tres; te dan para descubrirlo.

 

Nuestro vuelo salía por la tarde, sobre las cuatro; así que todavía nos quedaba tiempo para ir a aquellos lugares que más nos interesaban.

 

No queríamos poner mil cosas por ver, sobre todo porque queríamos estar pronto en el aeropuerto por si cualquier cosa ocurría.

 

Cogí el itinerario y marqué los lugares y monumentos que todavía nos quedaban por ver. Increíblemente habían bastantes, y eso que habíamos aprovechado el tiempo segundo a segundo.

 

De lo que nos quedaba, lo que más gracia nos hacía era ir a ver el famoso carrito con las maletas de Harry Potter en el Andén 9¾.

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Llegamos allí rápidamente y, lo que primero impacta es ver el edificio con su fachada exterior. ¡Es simplemente precioso! Las formas que tiene, el color… Me pareció muy, muy bonito.

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Su interior, en cambio, me dejó un poco más fría. Le habían hecho tal reforma, que parecía una súper estación ultra moderna, que nada tenía que ver con la fachada exterior. O incluso con las imágenes que a todos nos vendrán a la mente de la estación donde Harry Potter debe coger su tren para ir a Hogwarts.

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Nos pusimos a buscar el famoso carrito y… nada, que no  había forma de encontrarlo. Tuvimos que preguntar al personal de allí porque, por mucho que buscáramos, por mucho que camináramos, allí no veíamos nada de nada. Y el internet del móvil, sin querer funcionar…

 

Muy amablemente nos indicaron dónde era aquello. Y bueno, fácil es si descubres la enorme cola que hay para hacerte la foto con el carrito.

 

Hacerte la fotografía es totalmente gratis. Pese a que hay una chica que te levanta la bufanda (de la casa de HP que quieras. Puedes elegir) y que otra chica te haga la foto, puedes tener a tu amigo, familiar o pareja, tranquilamente haciéndola que no te van a decir nada.

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El motivo de que esas chicas te hagan la foto, es que puedes comprarla en la tienda oficial de Harry Potter, que queda justo al lado. Pero vamos, que a mi parecer, es tontería. Mejor ahorrarse ese dinerillo y gastarlo en su tienda.

 

Nosotros entramos y… dios mío. Aunque no me considero una “Potterhead”, sí que disfruté un montón con todo el merchandising que allí tenían. Estuve a puntito de traerme para España la bufanda y los guantes de la casa Hufflepuff y la lechuza Hedwig, que era para comérsela a besitos.

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Pero no solo tenían eso. Ahí había de todo… ¡era una locura! Y nuevamente en mi mente volvían esas entradas agotadas para poder ver los estudios de Harry Potter.  Aaaaagggh…  La próxima… en la próxima sí que iré con mas antelación ¡y las compraré! Muajajajaja! (Risa malévola).

 

Ya se estaba haciendo la hora de volver. Teníamos que coger un tren hacia el aeropuerto, pues no eran los dos más conocidos que tiene Londres, sino que era uno perdido de la mano de Dios (casi literal, pues justo en frente había un prado con caballos xD).

 

Nos compramos una hamburguesa en el McDonald’s, aprovechando que ya no iba a probar más esa McVeggie (era una promoción temporal) y nos la llevamos para el tren. Comeríamos más tarde en el aeropuerto.

 

Llegamos y, fue de risa al ver el tamaño que tenía. Era el de Southend. Un mini aeropuerto que, seguramente deba trabajar con una compañía o dos. No más.

 

Era el segundo aeropuerto más pequeño que había visto en mi vida. Te lo recorrías en cosa de tres minutos de reloj.

 

Nos paramos a comernos la hamburguesa, dudando entre hacerlo dentro o fuera. Y es que ese césped todo verde junto al sol que hacía, nos estaba tentando demasiado.

 

Con los estómagos contentos, hicimos el check in nada más pudimos y entramos hacia adentro. Y es que, como en aquel entonces los atentados en Europa eran demasiado habituales, teníamos el temor de que pudiera pasar algo. Y si ocurría, sería más habitual que se hiciera en la parte exterior (donde no haces el check in) que en la interior.

 

Fuimos prevenidos y así lo hicimos. Lo que no sabíamos nosotros era que nuestro temor no estaba poco infundado… ya que después de tres días, ocurriría un atentado en esta ciudad.

 

El vuelo: perfecto. Con un poco de dolor de oídos (qué sería yo sin él), pero todo el resto, impecable. ¡Y eso que estábamos volando con un avión más pequeño de lo que nosotros estábamos acostumbrados!

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Llegamos a Barcelona rendidos. Otro pequeño gran viaje que nunca olvidaría. Y es que, cada uno de ellos te deja una huellita en ti.

¡Me invitan a comida gratis!

Nos despertamos con el sonido de la lluvia martilleando nuestra ventana. Estaba cayendo una buena… Así que decidimos esperar un poco en casa hasta que apaciguara. Mientras tanto, desayunamos galletas con unos batidos de chocolate.

 

La suerte de Londres es que las fuertes lluvias suelen amainar rápido. Así que, vestidos y preparados como estábamos, salimos rápido a disfrutar de la ciudad.

 

En España, cuando hice el itinerario, había visto que hacían un festival ambientado en centro África bajo el techo del “Old Spitalfields Market”. Aquello prometía: comida, ropa, música, espectáculos culturales…  Algo diferente que nos apetecía mucho ver.

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Esta vez cogimos el bus. No nos apetecía tener que andar cuesta arriba los 15 minutos de rigor para ir al metro.

 

Fue muy divertido porque, no sé qué linea cogimos, pero estuvimos recorriendo todo Piccadilly Circus y sus alrededores. ¡Y delante del todo en el segundo piso! Me hubiera quedado ahí horas y horas.

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Llegamos a toda la zona de Spitafields y, aunque no es un lugar donde yo viviría, sí que me gustó por el montón de tiendas indias que se encontraban allí. Y no precisamente pequeñas. ¡Eran enormes! Al ser nosotros amantes de la gastronomía extranjera (y en concreto, de los supermercados extranjeros) estuvimos allí mirándolo todo (y pasando la visa) un buen rato. Qué gusto…

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Con una bolsa repleta de extraños alimentos, nos dirigimos a “Old Spitalfields Market”. Entramos con muchísimas ganas, pero salimos con una decepción bastante grande.

 

Me esperaba otra cosa… quizás más oferta cultural y no tanta tienda de ropa. Allí lo que se veía eran puestecitos pequeños, como si fuera un mercadillo de un sábado, pero con ropa claramente africana. También recuerdo ver ungüentos, jabones, aceites… Y algo de bisutería.

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Lo único cultural que llegué a ver, era una muestra de música africana en directo.

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Salimos de allí porque el hambre empezaba a apretar. Y tuvimos la genial idea de probar (yo no, que soy vegetariana) el famoso plato “fish and chips”. Pero no uno cualquier, no… El del famoso restaurante “Poppies Fish and Chips”.   Al parecer, ese es uno de los lugares donde más rico lo hacen.

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Esta anécdota la recordaré para el resto de mi vida ^^ Estaba esperando en las sillas de afuera, ya que yo no iba a comer nada, y para meterse con las bolsas, las mochilas y demás, era demasiado lío.

 

Él sale con su fish and chips tan contento. Le digo que se siente para comérselo cuando, nos viene una mujer con su peque y nos dice algo en inglés. Yo no la entendía, ya que si me hablas muy rápido en este idioma, no pillo demasiado. La cosa es que él lo entiende y me traduce: “su hija es pequeña, no quiere más. Está entero y te lo está dando”.

 

Of course… Abro el paquetito y veo tanto las patatas como un trozo de sandwich intacto. Como mucho, debería haber cogido una o dos patatas. Yo que no había comido demasiado, que mi estómago únicamente tenía las galletas de esa mañana, vi a Dios y sin pensármelo que me las comí.

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No sé si el “fish” (pescado) estará más bueno, pero las patatas a mí me parecieron muy normalitas. No las encontré más buenas que en otro lado. Hay que pensar que estamos hablando de un restaurante de lo más famoso por sus comidas.

 

Quisimos cerrar la tarde yéndonos a Piccadilly Circus. Nos había entrado mono al verlo pasar cuando cogimos el bus. Así que para allí que nos fuimos.

 

Estuvimos paseando, esta vez en plan tranquilos. Aunque una tienda no se libró de que yo entrara en ella ^^  Era de cómics, merchandising… Lo malo que estaba muy centrada en los cómics americanos y de Japón se habían olvidado; así que mangas y merchandising de anime, muy poquito.

 

Tenía algo de hambre y claro… Cuando tu estómago te pide que le eches algo de comidita y ves que en un Mc Donald’s tienen en su catálogo una Mc Veggie… ¿alguien puede resistirse a ello?  Entré y con mucho gusto la comí ^^   ¡Estaba muy buena! Más que otras que había probado con anterioridad.

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Con el estómago lleno y un buen sabor de boca, nos fuimos caminando hacia Covent Garden. Teníamos muy buenos recuerdos de esa “plaza”, ya que hay tiendas preciosas. Como la de “The Moomin Shop”.  Si os gustan estos dibujos, ¡la tienda os volverá locos! Eso sí, id preparando bien las carteras…

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Estábamos que no podíamos más de nuestros pies. Había sido una jornada de mucho ajetreo y de mucho andar. Necesitábamos volver a casa y descansar.

 

Érase un vez… Un puente y una torre

Gracias a que en Sky Garden pudimos descansar, teníamos fuerzas renovadas y muchas ganas de seguir descubriendo nuevos lugares de Londres.

 

Habíamos visto que cerca teníamos la Torre de Londres y que, si caminábamos un poquito más, encontraríamos el famoso puente “Tower Bridge”. Así que nos quitamos la pereza y hacía allá que fuimos.

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En unos 10 minutos estábamos en la zona de la Torre de Londres. Yo me esperaba algo increíble, que me impactara muchísimo; pero la verdad es que no fue así. Y es curioso, pues todos los castillos me encantan (el de Edimburgo me fascinó). Pero la Tower of London me dejó bastante fría.

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Quizás es porque nosotros no llegamos a entrar, sino que la vimos desde fuera. Y sí, el paseo es bonito porque la vas viendo desde arriba, con todos esos jardines enormes y sus cuervos (los cuales, una vez leí que se les cortaban una parte del ala para que no pudieran volar, y de ese modo, les costara más irse de esa zona).

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Pero aun así, no hubiera sido un monumento al que hubiera ido específicamente a ver.

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Lo que sí os puedo decir que me hizo bastante gracia, es la parte de los leones, llamada “The royal menagerie”.  Mediante esas felinas estatuas, te puedes hacer una idea de cómo era aquello. Lo difícil que sería poder acceder a la torre, si querías entrar a escondidas (o salir).

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Quisimos rodearla, para así poderla divisar mejor. Pero yo que soy curiosa por naturaleza, me metí por una callejuela y dí con una parte de la bahía de Londres. Supuse que, por los barcos ahí anclados, harían pequeñas rutas turísticas por el Támesis. Aunque a esa hora, ninguno zarparía.

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Volvimos nuevamente al punto principal, donde los leones. Y seguimos el camino que prácticamente había ahí marcado.

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Una pequeña gotita en mi mano, otra en la nariz, otra en mi nuca… Estaba empezando a llover, algo muy normal en Londres. Pero sabiendo cómo son las lluvias en esta ciudad, no le dimos importancia y seguimos como si nada.

 

La lluvia hizo que los caracoles empezaran a salir a borbotones. Y no os lo he dicho todavía pero… ¡amo a estos pequeños animales! ^^  ¡Los tengo hasta de mascota! =)  Peculiar, que es una.

 

Y ahí me hallaba yo, quitando del camino a todos aquellos caracolillos que andaban por el medio del paseo y que, si nos los apartaba, morirían aplastados.

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Decidimos salir de esa zona y dirigirnos directamente al puente de Londres. La noche había caído y estábamos seguros de que nos sorprendería muchísimo, con su iluminación ya encendida.

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Llegamos y… ¡qué bonito estaba todo! ¡Había tantas cosas que me gustaban del London Bridge!  Y pensar que había tenido que ser el tercer viaje a esta ciudad, el que nos hubiera permitido ver tan bonita construcción.

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Me iba fijando en cada “pilar”, y cada una de ellas me recordaba a una torreta de un castillo. Maravilloso…

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Y si mirabas hacia el lateral, el poder ver esos rascacielos enormes, todos iluminados; el río Támesis a tus pies, la luna, que aquel día estaba llena. Era como estar en un sueño. Me sentía más que nunca en Londres.

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Era una noche perfecta, con un clima envidiable. Nos apetecía tanto pasear, disfrutar de aquel ambiente, que decidimos seguir por el paseo junto al río.

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Era un lugar fantástico. Gente joven charlando, otros tocando distintos instrumentos de música, familias paseando…  Un lugar al que volvería con los ojos cerrados.

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Allí nos estuvimos un rato sentados, disfrutando del clima, de la música, del ambiente, de las vistas… Y pensar que, tres días después, allí ocurriría el horrible atentado, en el que un coche atropellaría a varias personas…